El profesor de filosofía de 56 años, Clancy Martin, estuvo a punto de matarse en una decena de oportunidades, hace tiempo busca «salvar vidas» con consejos sobre lecturas y acerca de como afrontar un tema tan sensible, sin prejuicios, ni mezquindades.
En una entrevista con El Confidencial, contó su historia; y a la pregunta de que escritores pueden ayudar a eventuales suicidas citó a Cervantes, Shakespeare, Rilke, Dostoyestki y Ciorán ¿Por qué? (foto de tapa: The New Statesman).
En su flamante libro Como no acabar con todo (editorial Gatopardo), Clancy insiste en que hablar sin tapujos, ni verguenza del suicidio, es la mejor manera de exorcizarlo.

Clancy Martin le confesó a la reportera Irene Hernández Velasco las numerosas ocasiones en que atentó contra su propia humanidad: la primera a los 6 años cuando se lanzó a las ruedas de un autobús, a los 16, cuando su novia de entonces lo plantó -se atiborró de somníferos, whisky y se tumbó desnudo en la nieve-, al año siguiente se arrojó de un coche en marcha y ya veinteañero se compró una pistola que puso en la garganta, se dio con cocaína y sobredosis de medicamentos. Fueron diez intentos fallidos, uno de los últimos –según cuenta- hace unos años: intentó ahorcarse con la correa del perro. Su sobrevivencia de alguna manera fue un milagro, emergió, y dedica parte de su tiempo a narrar como se puede salir a flote .
El personaje central de esta nota es docente de la Universidad de Misuri en Kansas City autor de varios ensayos, canadiense de nacimiento está afincado en Estados Unidos, se casó tres veces y es padre de cinco hijos.
En otra entrevista, en este caso de Sophie Mc Bain para The New Statesman (El Nuevo Estadista), el año pasado, Clancy espetaba: «Si un amigo tiene tendencias suicidas, lo ideal es hacer que hable, hacerlo caminar, para ayudar a aliviar su claustrofobia y pánico. Es importante tratarlos con gentileza y amabilidad, para evitar reforzar el sentimiento de autodesprecio de una persona suicida»
En las 460 páginas de Como no acabar con todo, el autor combina lo autobiográfico, lo filosófico y es en parte un manual de autoayuda. Su único objetivo, declara el autor, es salvar vidas. Hace referencias al budismo, al pensamiento de grandes filósofos occidentales, extrae material de especialistas en psiquiatría, y retrata casos de escritores que se terminaron suicidando como David Foster Wallace, Akutagawa, o Nelly Arcan.

Clancy Martin ha podido alejar los fantasmas que lo asecharon y que lo hacían decir que era un adicto al suicidio, aunque sostiene que en todas las personas hay una pulsión en ese sentido.
Parece ser una opinión polémica y hay quienes podrían decir: Nunca tuve dudas en las ganas de vivir, no es menos cierto que hace tiempo existen indicadores alarmantes de suicidios -incluso y más aún en países desarrollados- que no se pueden ignorar.
A la pregunta de la periodista de El Corresponsal, acerca de como alejar ese “estigma” del suicidio, el entrevistado responde: «Hablando; de manera que la gente se dé cuenta que no tiene porque sentirse avergonzada por tener pensamientos de ese tipo. A aquellos que ahora mismo están dándole vueltas a la idea de matarse, decirles que la mejor medicina es hablar de ello, hablar con alguien… con charlar sobre el suicidio, tanto la vida de la persona que deseaba cometerlo como la de aquella que lo escucha estarán salvadas. Hay que conversar, sin vergüenza, sin estigma como en esta charla (le indica a la periodista). Todo lo que hay que hacer es crear una grieta entre tener pensamientos suicidas y actuar para hacerlos realidad».
Abierta esa grieta, un argumento que Clancy Martin encuentra útil –a la manera de una especie de mantra- es “siempre puedes suicidarte mañana”: a veces, cuando la vida parece insoportable, tiene sentido concentrarse sólo en pasar el día.
Por otra parte, el profesor de filosofía, sostiene que hay suficientes estudios estadísticos que indican que cuando en los medios de comunicación hay una discusión seria sobre el suicidio, sus causas, la depresión, la ansiedad y todas las cosas que lo rodean, la tasa de suicidios baja. «Se trata -asegura- de un efecto perfectamente documentado en la literatura sobre el suicidio».
En cuanto a la génesis de su último libro, el norteamericano cuenta que un amigo editor de una revista le pidió que le escribiera un artículo largo, tras la publicación del mismo recibió mensajes de mucha gente a la que lo había ayudado, por lo que consideró que era una buena idea contar toda la historia y evitar que más personas se suicidaran.
Acerca de los efectos de personajes que se suicidan –sea en la literatura, o en la vida real, Clancy aludió ante la cronista de El Confidencial por un lado al efecto Werther -por el personaje de Goethe– que tras su publicación romantizó el suicidio; o a que cuando algún famoso se quita la vida, la tasa de personas que tratan de matarse sube, como en Estados Unidos cuando se quitó la vida Robin Williams. El efecto opuesto -analiza Clancy- es el llamado efecto Papageno, como el personaje de La Flauta Mágica de Mozart.

A una persona a la que le asaltan pensamientos suicidas, ¿qué lectura le recomendaría?, le preguntó Irene Hernandez a Clancy Martin.
R: Si alguien tiene pensamientos suicidas, le animo a leer al gran filósofo y poeta Rainer Maria Rilke… Leer a Rilke ayuda a los que sufren. También recomiendo leer a Miguel de Cervantes Saavedra y a Dostoievski, dos autores que no tuvieron miedo a hablar del suicidio, y no tener miedo a hablar ayuda. En prácticamente todos los libros de Dostoievski alguien se suicida, pero el modo en que lo plantea ayuda. ¿Sabe qué es lo primero que hacía el responsable de uno de los hospitales psiquiátricos más famosos de Estados Unidos con quienes habían tratado de suicidarse? Les hacía leer a Dostoievski. Y, por supuesto, también recomiendo leer al filósofo rumano Emil Cioran, para quien el suicidio es un acto positivo, lo que –paradójicamente- ayuda a las personas con pensamientos suicidas a sentirse mejor y a saber que lo pueden posponer. También Nietzsche decía que la idea del suicidio le ayudó a pasar muchas noches solitarias y aterradoras.
En cambio, a quien se encuentre en estado de vulnerabilidad mental, el entrevistado recomienda evitar a aquellos poetas que efectivamente se suicidaron (”no pensar en esos héroes suyos») como Anne Sexton y Sylvia Plath.
Mientras se leen los artículos mencionados, puede percibirse un rumor, como una especie de condena hacia el suicida, algo que también parece estar en algunas religiones.
Solo desde una postura de un supehombre pueden mirarse ciertas realidades desde arriba, en lugar de intentar comprenderlas.
