MANUZUROLOGIA, descifrando el nuevo “enigma” de la política argentina

Tras la derrota del oficialismo en las PASO y el cambio de Gabinete, tomó gran visibilidad la figura del nuevo jefe de Gabinete. En la siguiente columna, el presidente del diario LA GACETA DE TUCUMAN nos ayuda a comprender el “enigma” Manzur y a realizar una hipótesis sobre su futuro

Por Daniel Dessein*

Con la última renovación ministerial, derivada de la crisis del oficialismo, nació una nueva rama de las ciencias ocultas: la manzurología. Su objetivo es descifrar el pensamiento y entrever el porvenir del nuevo jefe de Gabinete. Esta ciencia se nutre tanto del psicoanálisis y las ciencias políticas como de insumos provenientes del marketing, el revisionismo histórico, la literatura fantástica y las distorsiones, habituales en los diagnósticos capitalinos, de la observación de fenómenos surgidos del interior del país.

Como toda disciplina dedicada a la elaboración de pronósticos, su falibilidad se potencia en tiempos de aceleración histórica, cuando el presente se condensa y el futuro se difumina. No obstante, en naciones anhelantes de horizontes despejados, crece la demanda de vaticinios.

Manzur aterrizó en Buenos Aires para jurar que ejercería lealmente su nuevo cargo, después de una mañana frenética en su provincia que terminó con una tregua con su adversario político y llevó tranquilidad al entorno presidencial. El vicegobernador tucumano quedó finalmente a cargo de la casa de gobierno local, comprometiéndose a dejar en sus puestos a los ministros preexistentes e instalar un “teléfono rojo” entre su despacho y el de la jefatura del Gabinete nacional. Nace un experimento de gobernabilidad. Fue el final, por lo menos de un capítulo, de una novela de intrigas y pasos de comedia nutrida por la puja, entre gobernador y vice, por la gobernación en 2023

Pero en ese año también se renuevan autoridades a nivel nacional. Y por eso la irrupción de Manzur en la Casa Rosada dispara conjeturas. ¿Qué datos objetivos tenemos sobre el jefe de Gabinete? Tiene 52 años, fue ministro provincial y nacional, vicegobernador y gobernador sin reelección. Este último dato le pone un techo a su carrera política. Su edad, la evidente ambición que alimentó su carrera política y el nuevo cargo que ocupa lo empujarían a pensar en mudarse al despacho contiguo, hoy ocupado por el compañero Alberto.

En los análisis periodísticos se mezclan luces y sombras del currículum del tucumano y estos cruces contaminan la claridad de las conclusiones. Se combinan elementos que forman parte de la faz arquitectónica de la política con los propios de su faz agonal. En la revisión de lo referido al diseño y ejecución de planes gubernamentales, hay muchas ventanas y puertas que no cierran bien. Fisuras institucionales, prácticas clientelares, anuncios incumplidos, déficit varios.

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Pero la gestión pasada en una provincia pequeña y lejana se desdibuja en el imaginario de la política. No es allí, principalmente, donde deben buscarse claves para sondear la viabilidad de un eventual proyecto sino en la capacidad de construcción de poder y en la eficacia electoral. Además de los cargos ejercidos, hay tramas de relaciones en los sectores sindicales, empresarios y diplomáticos que podrían ofrecer consistencia a una candidatura. También hay que sopesar la relación tejida con sus hasta hace poco pares en las gobernaciones peronistas. Mas el indicador decisivo de su porvenir en el mediano plazo lo dictará el resultado del 14 de noviembre. Si las elecciones generales arrojaran un resultado similar al de las PASO, cualquier proyecto quedaría seriamente averiado. El fusible ante una nueva catástrofe electoral es Manzur. Si el oficialismo recortara la brecha de votos, se acercara a un empate o lograra una improbable reversión de la victoria opositora, los astros le sonreirán al tucumano.

Confirmada esta última hipótesis, la manzurología tendrá más datos firmes para predecir lo que viene. Una candidatura tomaría forma a partir de la noche de ese domingo electoral en un terreno, hasta entonces, poblado de egos desinflados. Habrá, eso sí, una multiplicidad de factores que se conjugarán. Deberá verificarse cómo evoluciona la relación entre el presidente, su entorno y el cristinismo. También habrá que mensurar la evolución y la potencia de este último sector para imponer candidatos. Si el proyecto Máximo/Axel se debilitara, ¿quedaría despejado el camino para un Manzur 2023? Tendríamos que constatar, entre otras cosas, que quedan de lado las aspiraciones y posibilidades de Sergio Massa y las chances de una reelección para el propio Alberto Fernández. Todo esto, claro está, dentro de la coalición gobernante porque una hipotética recuperación electoral del peronismo solo insufla un poco de aire para una maratón a la que le quedan dos años, decenas de inconsistencias inflamables y una atractiva oferta electoral en la oposición. Y muchas otras pruebas por delante. Algunas por el lado de la gestión y otras por el de la capacidad de construcción de un candidato en torno a un hombre que hoy tiene muchas facetas desconocidas para el gran público. ¿Cómo saldrá parado de un debate o de una entrevista incisiva en televisión? ¿Cómo afrontará los inevitables tropiezos de todo político en el tramo decisivo de su carrera electoral? Interrogantes varios y prematuros.

Con este inventario de factores vemos que la manzurología hoy está más cerca de sus raíces esotéricas que de la prospectiva. También es cierto que de expectativas vive el hombre, y que ellas juegan un rol relevante en la dinámica política.

Juan XXIII es uno de los nombres que se le atribuyen al esbozo de proyecto manzurista. Pero Manzur no es el único al que le calza la denominación. En el PJ cordobés hay quienes ya izaron una bandera con el mismo nombre y otra cara. El nombre de ese gobernador no es el único que suena dentro de la liga. Hay otro Sergio, además de Massa, que aspira a calzarse la banda presidencial. Más bolillas en la lotería política.

Son conocidas algunas –muchas no- de las relaciones de Manzur con sectores de la comunidad judía. Ferviente antiabortista, devoto católico maronita, también es bien visto desde algunos despachos del Vaticano.

El rasgo más subrayado del papado del “Juan XXIII original” es su ecumenismo. Esta idea de unidad, asociada a un proyecto político, no viene mal a una nación lacerada por sus grietas.

Autor de la nota

*Presidente del Diario La Gaceta, periodista tucumano, miembro de la Academia Nacional de Periodismo.

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