Escribir en dictadura y «la grieta» que se abrió entre intelectuales a la vuelta de la democracia

Liliana Heker, Luisa Valenzuela, Juan Sasturain y Santiago Kovadloff, comentaron sus experiencias en tiempos de persecuciones políticas.  “El nunca más a los golpes de Estado se consiguió, pero estamos ante una realidad pavorosa», afirmó Heker. También se hizo mención a la tensión que se generó entre quienes se quedaron en el pais y los exiliados durante el último gobierno militar.

«Cultura de la catacumba» fue el término que acuñó el filósofo Santiago Kovadloff para denominar el modo en que se desarrollaba el arte en medio de las dictaduras militares. Ayer, su par Liliana Heker mencionó esa definición en el ámbito que compartieron ambos junto a Luis Sasturain y Luisa Valenzuela (de los cuatro, la única que vivió la experiencia del exilio). La mesa en la Sala Alfonsina Storni dentro de la Feria Internacional del Libro- fue coordinada por el periodista Angel Verlanga.

«Una dictadura no se cae si no se lucha contra ella, pero a veces hay que buscarle la vuelta para decir algo sin afirmarlo directamente», comentó Heker, quien aludió a sus comienzos en la revista El Escarabajo de Oro creada por Abelardo Castillo a inicios de los 60, de la cual ella fue subdirectora. «Cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía -añadió Heker- la avenida Corrientes fue quedando vacía, la gente dejó de reunirse en los cafés, ello se mantuvo hasta el Cordobazo (en el 69)», afirmó.

La autora de Noticias sobre el Iceberg recordó que junto con Abelardo Castillo y la esposa de este último, Sylvia Iparraguirre, lanzaron (en 1977) la revista El Ornitorrinco (considerada de «resistencia cultural») y, por entonces, el primero la orientó sobre que palabras no valía la pena utilizar para no ser censurado, «lo peor que existe es la autocensura, con la palabra hay que ser creativo y a la vez dar testimonio»; dijo Heker quien sostuvo que durante el último gobierno militar una vez tuvo mucho miedo cuando le advirtieron que iban a entrar a su casa, pero pudo zafar yéndose algunos días; y agregó cuando se produjo el golpe del 76 que ya venía como anunciado, se dio cuenta de la situación, poco después, cuando supo de la desaparición de Haroldo Conti.

Heker recordó que (Ernesto) Sábato, (Jorge Luis) Borges y el sacerdote (Leonardo) Castellani se reunieron con el presidente Jorge Videla, y el único que planteó la situación de Conti fue Castellani, aunque la misma conferencista agregó que más adelante Sabato se compenetró con la cuestión de los Derechos Humanos y tuvo una actuación muy digna en la Conadep.

Juan Sasturaín, diferenció a los jóvenes de su época de la actual. «A los 20 años te preguntaban: ¿dónde militás?» En mi caso adherí al peronismo; quisiera saber dentro de unas décadas si a lo jovenes de ahora le preguntan. ¿Qué hiciste en 2026? ¿Que diría?

Acerca de sus vivencias, Sasturain puntualizò que a él lo salvó la periodista Blanca Rébori que le dio un lugar como corrector de Clarín. «En ese tiempo -agregó- no se podía decir nada contra la dictadura, recién se abrió un poco en la etapa desarrollista». Sasturain apuntó que la primera nota que escribió fue sobre El Eternauta en la que decía no saber donde estaba su autor, entonces lo llamó al mencionado diario Elsa Oesterheld, la esposa del creador de esa historieta, para comentarle sobre la realidad, aunque aún creía que lo podían poner a salvo.

Si bien colaboró fugazmente con Billiken, el autor de Manual de Perdedores señaló que la única manera que había de publicar un material era en medios críticos (como Humor o chicos como Medios y Comunicación.

Por su parte, Kovadloff se refirió a su adolescencia en Brasil, su paso por la Universidad, cuando golpearon a sus compañeros en la Noche de los Bastones Largos, y su regreso a la Argentina tras un nuevo paso por San Pablo. A manera de anécdota recreó que una de las veces que lo expulsaron de la Facultad donde enseñaba, le indicaron que enseñando a Sócrates se llegaba a Trosky.

Al año de comenzar la dictadura del 76, Kovadloff empezó a publicar en Crisis merced a Eduardo Galeano, a quien le ofreció traducir textos de autores brasileños como Chico Buarque (cosa que hizo) y más adelante colaboró en Clarin. Al respecto recordó que el encargado de la sección Cultura- les pasó a los colaboradores un listado de palabras que no se podían decir como «república» o «democracia».

En tanto Valenzuela – que en realidad fue la primera oradora- en una breve disertación comentó que también trabajaba en la revista Crisis cuando en 1978 le llegó una invitación de la Universidad de Columbia para una residencia en esa casa de estudios norteamericana; y ya afuera colaboró con el PEN Internacional (entidad que denuncia los ataques a la libertad de expresión) «La enfermedad que nos dejó la dictadura la fuimos curando con los juicios”, afirmó la autora de Los Heréticos.

Los expositores, a pesar de discrepar en otros enfoques, coincidieron en rechazar la violencia verbal que baja del gobierno nacional.

Liliana Heker partidaria de evitar disputas inútiles

SIEMPRE LA GRIETA

Heker fue la más enfática en recordar la grieta o brecha que se abrió en la primera parte de los 80 entre los intelectuales que partieron al exilio y los que se quedaron en el país; y citó la polémica que tuvo con (Julio) Cortázar a quien admira como escritor, pero discrepaba en esa discusión. La disputa envolvió a muchos escritores (también se citó el duelo verbal entre Osvaldo Soriano y Beatriz Sarlo).

Es como el mal argentino -compartieron los conferencistas- en lugar de integrar /porque en ese caso todos estábamos a favor de la democracia) se divide. «Nosotros hicimos lo que pudimos, y desde afuera lo mismo, tan valioso lo uno como lo otro», expresó Heker quien enfatizó acerca de lo positivo que es la discusión, incluso vehemente, respetando los puntos de vista diferentes.

Kovadloff coincidió en los positivo de escucharse en la diversidad de enfoques, en definitiva la pluralidad. Luisa Valenzuela tuvo una mirada conciliadora respecto quienes se quedaron a «escribir entre líneas». una tarea que consideró esencial para que se pudiera mantener el pensamiento crítico dentro del país.

Una señora del público -que manifestó haberse tenido que ir al exilio- se mostró molesta por entender que no se puede meter a todos en la misma bolsa. Pero Heker insistió en su posición, compartida por los compañeros de panel.

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