¿Cómo era tener 40 años, hace medio siglo, en la clase media argentina?

¿Qué pensaban y como se sentían referentes de la cultura y el deporte como María Elena Walsh, Amadeo Carrizo, así como empresarios, empleados, psicólogos que oscilaban las cuatro décadas de vida a fines de 1970?

Fue la generación sandwich, o bisagra, aquella cuyos integrantes tenían a comienzos de los setenta del siglo pasado -en más o en menos- cuarenta años. Así se la denominaba por tratarse de personas criadas en una sociedad tradicional, que se hicieron adultas en una sociedad moderna.

Es una experiencia interesante, observar desde un mirador puesto en el 2023, como se veían aquellos cuarentones y cuarentonas; cuyos descendientes -que sobrevivieron a los turbulentas décadas que siguieron- actualmente tienen en promedio algo más que esa edad. O sea, haciendo una aproximación, los cincuentones de hoy, son los «hijos» de aquella generación.

A priori parecería que una persona de cuarenta aniversarios de entonces, sería como alguien que actualmente tiene cincuenta y pico, sumergidos en una realidad completamente distinta; sin embargo -entre esa y esta era- hay rasgos comunes que quizá sorprendan: la dificultad sobre todo para los adultos de conseguir trabajo, la necesidad de tener más de un empleo para mantener el nivel de vida, las jubilaciones magras.

De todos modos, puede advertirse que por entonces, en promedio, existía un gran optimismo de cara al futuro, y la convicción de que el trabajo duro era la clave del progreso.

Los tiempos a los que remite el artículo que tomaremos como base estaban signados por grandes cambios en cuanto a la moda, el rol de la mujer, la paternidad, el sexo; etc

Como hicimos en ediciones pasadas de Acreditado, tomamos como epicentro un artículo de actualidad del momento. En este caso de la revista Atlántida que sacaba la editorial del mismo nombre, cuya investigación del mes estaba titulada Argentinos de 40 años: La Generación que manda, firmado por la periodista Cecilia Maciel, publicado en Noviembre de 1970 que incluyó -además de varias entrevistas- un estudio de la consultora Cicmas. Aunque el epicentro eran los cuarenta, etapa denominada como «segunda juventud», incluía -en menor medida- a personas entre 38 y 50 años.

Título de la investigación, fuente principal de la presente nota

Personajes de la generación bisagra

La célebre autora de canciones infantiles y escritora, María Elena Walsh -que acababa de completar los cuarenta años-, afirmaba: «A mi no me gustaría tener otra vez veinte años, de ninguna manera. De aquí para adelante nada me da demasiado medio; de aquí para atrás muchas cosas me dan miedo».

Y continuaba: «Yo solo puedo hablar de mi experiencia personal; no se si es una vulgaridad o una excepción, pero en mi funciona eso de empezar a vivir a los cuarenta. Recién empiezo a superar una serie de conflictos personales muy graves para mí. Me siento en plena juventud, quizá reconozco en mí por primera vez una verdadera capacidad de alegría, de vitalidad que no tuve, por ejemplo, en mi adolescencia. La adolescencia -por lo menos para cierto tipo de gente lúcida y sensible- es una edad verdaderamente dramática».

Políticamente el país atravesaba una etapa compleja ¿cuando no? (*). Como si fuera por otro andarivel, gran parte de la sociedad se refugiaba en sus proyectos individuales y familiares. Lo que se denomina vida cotidiana y que busca reflejar éste texto.

Para ME Walsh: la vida empezaba a los 40

Con 45 años, el dentista Juan Carlos Altamirano, sostenía: «Nuestros padres tenían valores firmes, correspondientes a un mundo bastante estable; podían ser fuertes en sus convicciones. También nuestros hijos tienen sus cosas claras: son más libres, se relacionan entre sí y hacen cosas que en un determinado tiempo se hubiesen considerado de un libertinaje inadmisible. ¡Yo no pude fumar delante de mis padres hasta que pasé los 30 años! Como ve, en nuestro papel de «jefes» no tenemos mucha opinión, ni voz propia».

Como contrapartida de una generación que se consideraba conflictiva y desorientada, la autora ponía como su sello distintivo la «capacidad de lucha» con la convicción latente que «la vida hoy es más difícil que para nuestros padres».

Un consultado de cuarenta y pico, le decía a la cronista en referencia a la generación anterior: «Ellos tenían estabilidad, en cambio ahora sube el costo de vida continuamente y para peor nosotros tenemos muchas más ambiciones. Antes eran conformistas: nosotros queremos cada vez más confort, cosas, aunque vivíamos en departamentos chicos y no en casas holgadas como ellos. El personaje- como muchos de sus contemporáneos- tiene claro, dos trabajos fijos... con una premisa: Que no falte nada: ¿porqué hay que ser menos?

Inés Dhighian de la Federación de Empleados de Comercio, (continúa la crónica) que cumplió cuatro décadas y tiene un hijo de dos años, apunta: «En el mejor de los casos el futuro de una mujer de 40 años que trabaja, es seguir trabajando. Lograr mantenerse como empleada durante 15 años más y luego aspirar a una jubilación muy magra. Puedo hablar con experiencia propia: a los 38 años quedé cesante luego de 23 años detrás de un mostrador. Busqué empleo infructuosamente; hice colas desde la madrugada. Nadie quería a una mujer de más de 30 años y casada. Al fín conseguí ocuparme por 23.000 pesos mensuales. Creo que soy una vendedora clasificada, pero si tuviera que volver a buscar trabajo la pasaría muy mal; me siento en la plenitud de mis fuerzas, pero puede ocurrir que no me permitan probarlo».

La autora de la nota en cuestión subrayaba. «El caso es diferente para aquellos que se han especializado en alguna actividad; para ellos es el momento de gloria. Pero el cuarentón que busca trabajo sin un capital de conocimientos importante afronta una situación penosa. El jefe de personal de una importante empresa comercial porteña, afirma que la evolución técnica margina cada vez más a los trabajadores que no se superan día a día. Este es el caso de los profesionales -dice-; años atrás por el solo hecho de tener título conseguían cualquier tipo de trabajo. Hoy ya se valora con gran rigor sus méritos reales; y es asombrosa su inferioridad -si no está preparado- respecto a los más jóvenes: un veinteañero lo apabulla con su agresividad, su dureza, su frescura.

Es cierto -subrayaba Maciel- que la idea de la decadencia es mas perjudicial para un cuarentón, que la verdadera decadencia.Y continuaba con los testimonios: Amadeo Raúl Carrizo (considerado por muchos el mejor arquero de la Argentina y uno de los mejores del mundo) 44 años, dos hijas, simplifica todo en una frase: «A los cuarenta todo es más difícil. A mí, la gente me va a ver, precisamente, porque tengo 44 años. Si todo va bien, dicen: «¡MIralo al viejo…tiene cuarenta y pico ¡y como ataja! Si las cosas van mal, enseguida decretan: «El viejo tendría que colgar los botines de una vez por todas».

La autora de la investigación que reproducimos, puntualizaba que Carrizo en ese momento sin trabajo en Argentina, era requerido desde el exterior y aludía a los problemas físicos o enfermedades que en general empezaban a surgir a los 40, para luego reproducir otra afirmación del mencionado golero: «Aunque no jugara más al fútbol, me seguiría entrenando para seguir sintiéndome joven. «En el trabajo, o en la vida, al hombre joven siempre se le da una oportunidad más. Para nosotros, en cambio, una decadencia puede ya no ser solamente un mal momento, puede ser el final».

Carrizo: decía: A los 40 hay más experiencia, pero también más responsabilidad

La abogada Silvia Bianchi, 45 años, experta en Derecho de Familia- explica: «hay un hecho que se olvida con demasiada frecuencia: somos la generación de mujeres que ocupó la burocracia; con todo lo que esto tiene de toma de conciencia de la mujer dentro de su propia casa. El peso de su salario en la organización doméstica, la posibilidad de controlar su inserción dentro del marco familiar gracias a su sueldo, todo eso nos diferencia claramente de la generación de nuestras madres»

La nota incluye también una mirada quizá conservadora, pero bastante presente en esa sociedad. La referencia era a «mujeres a las que los logros femeninos en parte les aterra, como a Catalina Alberte, 48 años, ama de casa– quien espetaba: «La mujer ha logrado grandes conquistas. tiene tantas oportunidades como el hombre, puede conocer otros hombres, no tiene obligación de «aguantar» como antes, cuando el marido era el único sostén. ¿Qué perdió? Al salir a la calle -mal que nos pese- la mujer desatiende al hombre. De ahí a perder al marido hay un paso. Además la mujer tiene una «desventaja»: es madre y por eso nunca puede compararse al hombre. Los hijos siempre atan de cualquier forma».

En cuanto a los hombres de 40, sobre el quid de la relación con los hijos -deslizaba la cronista- muchos tienen una postura contradictoria; «piensan por un lado que si los dos padres trabajan los hijos están más desamparados, pero por otro tienen más comunicación con los mayores. En ese sentido reflexionan: estamos mas cerca de ellos (de los hijos), se puede hablar de sexo como algo natural, se han roto muchos prejuicios aunque falta todavía».

«A los hijos – estima Julían Alvarez, 50 años  empresario– no hay que hacerles prohibiciones porque es peor. Con la educación severa (al estilo de la que recibimos de nuestros padres) no se consigue nada, porque las cosas las hacen a escondidas. Hay que evolucionar, ser modernos: enseñarles a los hijos lo que es bueno y lo que es malo y después que ellos elijan y se hagan cargo. Pero es cierto que hay que darles la libertad que les corresponde a su edad, inculcándoles a la vez algunos principios. La paternidad -concluye Alvarez- es para nosotros una sorpresa todos los días.

El artículo que traemos a mientes, iba buscando un cierre: «Vitales como la juventud misma, los cuarentones argentinos todavía se tienen mucha fe. Con los límites de sentirse demasiado adultos como para empezar, pero sabiéndose jóvenes aún para no conformarse... Ellos surgieron en un período de intenso cambio social, se criaron en una sociedad tradicional y viven en una industrializada…sienten el peso de su infancia, pero también se sienten viviendo esta época y queriendo vivirla: les conforta participar de los valores de la vida moderna, aunque esta práctica no les ahorre disgustos».

Como punto final agregaba la opinión de Ricardo Tarstano,( psiquiatra):…Esta generación tiene un papel capital: el de promover a la que le sigue, favoreciendo el desarrollo de los jóvenes en la familia, en la política, en la empresa.. Destruir la soledad y el aislamiento creando cooperación; y la de un hombre de 49 años (que no identificaba): «Hacemos lo que  tenemos que hacer, o nos iremos sin dejar huella. Estamos en el medio del camino de nuestras vidas, reunimos tiempo, fuerza y paciencia».

Edición: C.R

(*) Tras el Cordobazo, el «onganiato» estaba llegando a su fin, pero aún había un gobierno de facto (Levingston), violencia creciente (hacía meses había sido asesinado Aramburu), y una incógnita sobre lo que vendría.

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