El último grito de la zarina

No es cuestión de tener, sino de desear más. Esa frase cuya propietaria es María Sharapova pinta de cuerpo entero la mentalidad con que manejó toda su carrera.

Campeona de cinco Grand Slam, cansada de la lesión que hace tiempo afecta su hombro derecho; a los 32 años María le dijo adiós al tenis, aunque no al marketing al que todo indica dedicará su “segunda vida”.

Existe un dato revelador que da cuenta de como la blonda rusa está sumergida en el mundo de las empresas y es que no anunció su despedida en un programa deportivo, sino en dos medios relacionados con la moda: Vogue (en cuya directora se imspiró la película “El Diablo Viste a la Moda”) y Vanity Faire.

Con los gritos casi aullidos, que pegaba al golpear cada pelota (actitud que compartía con la bielorusa Victoria Azarenka) Sharapova expresaba como sentía la competencia en la que había que estar entrenada para deportivamente “matar o morir”.

Ese hambre de triunfar la poseyó desde que a los siete abriles viajó solo acompañada por su padre (Yuri) con apenas 700 dólares desde Soschi a Florida (EEUU) donde tiene su academia Nick Bollettieri (coach que también formó a Agassi, Courier y a su predecesora Anna Kournikova) quien demoró un par de temporadas en decidirse a entrenarla.

Antes que naciera Masha, sus padres vivían en una ciudad que entonces formaba parte de Bielorrusia de donde escaparon del desastre nuclear de Chernobyl para ir a vivir a Sochi desde donde padre e hija partirían al país del Norte para cumplir el sueño americano.

La temprana evolución de María hizo que rápidamente fuera sponsoreada por Nike para ser una de sus precoces jugadoras. Con los primeros resultados, la empresa IMG tomó su representación que tendría por siempre.

Más temprano que tarde, Sharapova adoptó la idioscincracia norteamericana del deporte como espectáculo y sus protagonistas “productos” de la mano del rendimiento exitoso en la competencia.

Su determinación para explotar al máximo su potencial la puso de manifiesto en la intensidad que demostraba en cada presentación, explotando su altura para conseguir un saque muy potente en el tour de mujeres (aunque en algunas veces irregular) un drive demoledor con el que abría surcos y definía, así como con el revés a dos manos que parecía otra derecha.

Esos atributos la llevaron a ser quíntuple campeona de Grand Slam (una de las diez jugadoras que ganó los cuatro): el primero lo obtuvo en 2004 sobre el césped de Wimbledon con solo 17 años venciendo en la final a Serena Williams; en canchas ràpidas se consagró en el US Open 2006 (final a Justine Henin) y en 2008 en el Australian Open (final a Ana Ivanovic), pero lo paradójico es que de los cinco Majors el único que consiguió dos veces fue el de Roland Garros (definiendo ante Sara Errani y Simona Halep, respectivamente en 2012 y 14 ) sobre polvo de ladrillo, superficie que al principio detestaba.

Además, ganó el Masters de la WTA en 2004, la Copa Fed (la Copa Davis de Mujeres) 2008 y la medalla plateada en los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Sharapova levanta su primera copa de Roland Garros (foto de Michel Euler para AP)

María, cara y seca con Anna

Tales títulos representando a su Rusia natal, amerita que se la llame zarina. Si bien dicho país tuvo o tiene excelentes jugadoras: Kuztnetsova Zvonareva, Demienteva, Miskina, Safina, etc que en algunos casos ganaron uno o más majors), ninguna lo consiguió 5 veces, ni llegó a ser N 1 del mundo durante 21 semanas como María.

Pero la primera adolescencia de Sharapova coincidió con la época en que explotaba otra rusa que parecía anticipar un fenómeno similar combinando tenis competitivo, belleza y marketing.

Se trataba de Anna Kournikova llamada a concretar el papel que finalmente cumplió María.

Como anticipamos líneas arriba, Anna también provino de la cantera de Bollettieri. De muy joven parecía que iba a ser la competidora de Venus Williams entre las tennegers que iban a liderar la generación de inicios de este siglo; pero la diferencia respecto a María fue que Anna nunca terminó de asumir su rol profesional, su juego era vistoso, especialmente el revés a dos manos, pero cometía numerosas dobles faltas con su servicio y si bien ocupó fugazmente el rango de N 1 no ganó torneos; era más adicta a las luces del show bussines que a los entrenamientos duros. Muy joven tuvo un noviazgo y finalmente se caso con Enrique Iglesias con quien tiene tres hijos.

Por el contrario, Sharapova fue une trabajadora del tour, su semblante tenso, cierta soberbia y frialdad generó una relación lejana respecto al público, su vínculo pasó a ser cada vez más mediatizado a través de relaciones públicas y contactos comerciales o con los top del circuito; recién con la madurez fue cambiando algo su imagen.

De tal manera, el calificativo de “diva” aplicado a Anna pasó a caracterizar a MS, lo que explica que Marca haya titulado hoy se retira “la diva del deporte de las raquetas”.

Anna Kounrnikova, la antecesora de María, una estrella fugaz, hace unas temporadas compartieron un evento.

Cosas del amor

La vida amorosa de Sharapova no pasó desapercibida para los medios, como cuando se publicitó su relación con el cantante Adam Levine que terminó en malos términos.

También se trascendió hace tres años un affaire con el tenista búlgaro Grigor Dimitrov (apodado “Baby Roger por las similitudes de estilo en sus inicios respecto a la del suizo).

El vínculo también se diluyó; y un reciente diálogo entre ellos reflejado por Sebastián Fest en Infobae revela la forma de ser de María en eso de andar “con pocas pulgas”.

Ocurrió durante una exhibición en Melbourne a incios de este año. Dimitrov estaba jugando pero no dejaba de mirar a su ex novia, de pronto ingresó a la cabina en la que MS comentaba el evento para la TV

– “¿De qué están hablando?”, lanzó Grigor.

“¿Qué es esa cosa amarilla?”, le respondió Sharapova en referencia a los pantalones cortos de Dimitrov.

– “¡Te gustan, eh!”.

– “La verdad que no…”, dijo Sharapova.

– “¿No?”, repreguntó extrañado el búlgaro.

– “La verdad que no”, insistió la rusa.

– “Pensé que te gustaba como me quedaba el amarillo, pero está todo bien. La gente cambia”, zanjó Dimitrov.

Con el búlgaro Grigor Dimitrov, formó María Sharapova una pareja que se hizo mediática. No duraron juntos mucho tiempo,

Finalmente las cuestiones del corazón parecen encarrilarse para la protagonista de este artículo quien formalizó su vínculo sentimental con Alexander Gilkes, empresario británico.

El adiós

Un conglomerado de situaciones desembocaron en la noticia de la víspera y que se venía insinuando desde 2016 cuando Sharapova fue suspendida por ingerir meldonium (complemento para trastornos neurodegenerativos y broncopulmonares prohibido por la Agencia Antidopaje). Se le rebajó la sanción por concluirse que fue algo involuntario en el sentido de no querer sacar ventaja; pero el torbellino Sharapova se había esfumado.

Si bien Sharapova atravesó un aplanamiento de su carrera a comienzos de esta década, que los especialistas atribuyeron a que ella estaba “distraída” por los compromisos comerciales con una decena de marcas (Evian por ejemplo pasó a ser una de sus patrocinadoras); sin embargo aquella vez con voluntad encarriló su carrera.

Esta vez sintió el alejamiento de los courts profundizado por la referida lesión en el hombro; entonces se volcó al estudio, completando un curso de negocios en Harvard ; los últimos resultados no la acompañaron: esta temporada en Australia cayó en primera ronda; su último torneo de sus 36 lo consiguió en China en 2017. No tenía sentido seguirle dando cuerda al reloj.

Pero Sharapova no sentirá tanto desprenderse del tenis profesional. su marca de golosinas Sugarpova marcha viento en popa inspirada en una experiencia con una fñabrica de chocolates en España país con el que tiene cercanía (entiende español aunque no lo habla de manera fluida). Entre otras inversiones también posee una aplicación (Charly) que permite enviarle mensajes a celebridades. 

En cambio el chau al tenis de Sharapova no será indiferente para aficionados y competidores; sus fans la extrañarán, y aún quienes no la admiran reconocen su entrega y la energía que transmitía dentro de la cancha.

“Al dar mi vida al tenis, el tenis me dio una vida. Lo extrañaré todos los días. Extrañaré el entrenamiento y mi rutina diaria: despertarme al amanecer, atar mi zapato izquierdo antes que el derecho y cerrar la puerta de la cancha antes de golpear mi primera pelota del día. Extrañaré a mi equipo, a mis entrenadores. Echaré de menos los momentos sentados con mi padre en el banco de prácticas. Los apretones de manos, ganen o pierdan, y los atletas, lo supieran o no, que me empujaron a ser mejor”, fue los términos que eligió Sharapova para su carta de despedida que cerró de la siguente manera: Mirando hacia atrás me doy cuenta de que el tenis ha sido mi montaña. Mi camino se ha llenado de valles y desvíos, pero las vistas desde su cima eran increíbles. Sin embargo, después de 28 años y cinco títulos de Grand Slam, estoy lista para subir otra montaña y competir en un tipo diferente de terreno. Seguiré escalando, seguiré creciendo”.

Sharapova “colgó” las raquetas, pero su personalidad desde el sitio que elija seguirá dando que hablar.

Inicios de 2020, Sharapova en Dubai compartiendo una carretilla junto a Rafa Nadal y Novak Djokovic.

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