El hombre que atacó a CFK, disparó contra una sociedad desquiciada. Minorías intensas y la prensa en medio de la tensión política

El deleznable episodio del jueves pasado, cuando un agresor puso una pistola Bersa sobre la cabeza de Cristina Fernández de Kirchner, desató los peores demonios.

Tras un breve impasse de solidaridad de casi toda la dirigencia política (argentina y mundial) y la consternación que invadió a quienes se iban enterando del hecho que pudo terminar en magnicidio; la posibilidad de generar una superación del abismo agrietado en que se sacude la población argentina fue desperdiciada.

El presidente de la Nación, Alberto Fernández, salió a responsabilizar indirectamente a los medios de comunicación y a la justicia por lo ocurrido, por otra parte exponentes de la oposición que se mueven en el extremo del arco político ninguneaban palabras de acompañamiento a la dos veces presidenta, víctima del incidente.

Mucho más no se podía esperar, como se dijo más de una vez la dirigencia no sale de un repollo; y un país en el que media sociedad festejó (en el sentido de «justificar los efectos conducentes») la muerte de Alberto Nisman (ex fiscal de la Nación) y otra parte similar el fallecimiento de Santiago Maldonado (simpatizante de las causas de los pueblos originarios); habla de una sociedad enferma y en gran medida deshumanizada.

Hace tiempo que el observador moderado de la realidad es prácticamente un paria en una Argentina de odiadores (algunos profesionales que han hecho de ello un modus vivendi, mientras otros forman parte de la «gilada«).

Desvarío

En una sociedad normal, ante tragedias como la ocurrida deberían cumplirse tres pasos: 1) El rechazo y repudio generalizado, 2) la investigación exhaustiva sobre el autor y de todas las circunstancias que rodearon al delito. y 3) la atribución de las verdaderas responsabilidades.

Sin embargo, el oficialismo y su militancia (en línea con el discurso del presidente acordado con su vice) se despacharon contra dueños de medios, periodistas, y el poder judicial como instigadores del frustrado crimen.

El último aspecto -cargar contra la justicia federal- sin duda tiene que ver con la acusación (dicho sea de paso no es una sentencia) del Ministerio Público que pidió 12 años de prisión para CFK por delitos relacionados con corrupción pública. Los días previos al fatídico ataque se venían realizando manifestaciones de apoyo a la vicepresidenta con funcionarios y militantes alrededor de su casa en el barrio de Recoleta, ante lo cual había actuado la Policía Metropolitana (que puso vallas en la zona) la cual fue apartada por decisión de un juez porteño, Roberto Gallardo.

Esta situación redundó en que la Policía Federal se ocupara de la seguridad (lo que en el gabinete de Horacio Rodríguez Larreta deslizaron que paradójicamente los «salvó» porque quien sabe que hubiera ocurrido si el gravísimo acontecimiento hubiera ocurrido con la Policía de la Ciudad de Buenos Aires a cargo del control del lugar)… Un chivo expiatorio menos.

Todo al revés

Como sostuvo ayer durante una sesión especial en la Cámara de Diputados el legislador radical Mario Negri, el dedo índice apuntando a los medios y magistrados sería como involucrar al The New York Times, al Partido Demócrata, o a la Suprema Corte Norteamericana por aquel intento de homicidio contra el ex presidente de EEUU, Roanald Reagan; o -agregamos- relacionar a un diario nipón con el reciente asesinato (durante un mitin) del ex premier japonés, Shinzo Abe.

Esclarecedora exposición del diputado Mario Negri durante la sesión especial

¿O acaso Jair Bolsonaro no fue apuñalado pese a que se adjudicaron simpatías hacia él por ejemplo de la red O Globo?

Una construcción dialéctica tan ridícula como peligrosa

Cabe agregar que un sector de Juntos para el Cambio, el del PRO, tras suscribir un texto general de condena se retiró de dicha sesión en una actitud que marcó una disidencia interna frente a quienes prefirieron quedarse en el recinto para fijar posición.

Minorías intensas

El analista Rosendo Fraga apuntó por estas horas al papel de las minorías intensas que pueden desencadenar o fogonear un escalamiento aún mayor de los enfrentamientos. «En la convocatoria del viernes a Plaza de Mayo asistieron miles de personas y no hubo ningún incidente; sin embargo en los metros que rodean a la vivienda de Cristina Kirchner se produjeron episodios violentos hasta el más grave de todos… Se habla de una convocatoria de la CGT, de nuevos llamados a repudiar a los jueces cuando la semana próxima se tiene que reanudar la audiencia en el caso Vialidad; de movimientos sociales opositores; todo esto coincidiendo con un escenario económico de ajuste…. en fin hay que tener cuidado e insistir con los llamados a pacificar. Hasta ahora las oportunidades en este último aspecto se han perdido», sostuvo el titular del Centro de Estudios para la Nueva Mayoría

La libertad de prensa en juego

El estilo de comunicación del gobierno, como por ejemplo la del ministro del interior, Wado de Pedro -quien dijo que «no se trata de un loco suelto (por el detenido por la agresión a CFK, Fernando Sabag Montiel) , sino que detrás hubo «toneladas de editoriales»-, pone en vilo a uno de los pocos acuerdos que se mantienen en pie desde el regreso de la democracia (junto a un poder judicial y legislativo muy cuestionados): La sagrada libertad de prensa.

En este sentido, la agencia periodística oficial del gobierno Telam sacudió con un mensaje faccioso expresado en un gráfico de un revolver cuya punta (por donde salen las balas) termina en un micrófono.

Desafortunada ilustración de Telam

Este tipo de mensaje puede llevar a un escenario de violencia y hostigamiento hacia la prensa crítica.

Es cierto que varios periodistas manifiestan posturas enardecidas que incluyen calificaciones agraviantes hacia Cristina Fernández (una manera desagradable de ejercer la profesión de Mariano Moreno), pero separar palabras de hechos es algo básico del derecho liberal. Además, en el rechazo a ese estilo de hacer periodismo (que legítimamente se podría expresar en el marco de un debate de ideas) es evidente que se esconde el deseo de acallar las denuncias contra los funcionarios, rol en el cual el cuarto poder es un elemento fundamental. Asimismo, existe una red de periodistas «adictos» al gobierno, no menos insultante hacia los del «otro lado».

Distinguir el periodismo «mercenario» del de «calidad» es parte de un debate propicio para otro espacio: es el consumidor de noticias el que en definitiva elige, y solo quien desprecia al ciudadano puede bastardearlo sugiriendo que no es capaz de separar la paja del trigo.

Amedrentar o presionar a los medios, sería un imperdonable retroceso que podría poner a la democracia contra la pared. Un descenso al infierno.

Segundo Figarillo

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