Cinco reglas para escribir columnas, un legado de Johnson para periodistas

Polémico y provocador por algunas de sus posturas, el conservador británico Paul Johnson (1928-2023) fue un erudito. Autor de obras fundamentales como Tiempos Modernos: La Historia del Siglo XX, Historia del Cristianismo e Historia de los Judíos, fue también un avezado columnista en prestigiosos periódicos de diversas partes del mundo.

Johnson (falleció en pasado 12 de enero en Londres) consideraba a esta última actividad un arte y en un famoso escrito publicó una serie de consejos a aplicar para quien quisiera ejercer dicho rubro del periodismo.

Escribir una columna de manera regular «es uno de los privilegios de la vida» -sostuvo Johnson- y encontraba en Montaigne y Francis Bacon a dos célebres antecesores:de éste oficio, aunque eran más bien ensayistas ya que los textos de ambos (a diferencias de las columnas) no tenían una longitud determinada, ni estaban destinados a una publicación inmediata.

Johnson, prolífico historiador, escribió columnas p ej paras L´ Express

Tras referirse a destacados columnistas,que trascendieron también como escritores o filósofos (Jean Paul Sartre, Raymond Aron, Albert Camus) o como periodistas (Walter Lipmann y William Safire); Johnson sugiere CINCO REQUISITOS esenciales que en su concepción definen al buen articulista que conjuga análisis con información..

I . – «El primero es el conocimiento. No estoy diciendo que un columnista deba ser una enciclopedia ambulante. De ninguna manera. No hay nada más tedioso que un hombre atiborrado de conocimientos -especialmente datos- y ansioso de abrumarnos con ese tesoro… (N de la R: en un párrafo con un toque de humor ingles desliza que los hombres suelen aburrir con datos, las mujeres con opiniones). El que se aventura a escribir una columna debe saber mucho sobre una variedad de temas. Es preciso, no obstante, que esos conocimientos estén almacenados y clasificados, que sean actualizados y desempolvados regularmente, pero que se citen con mucha discreción, en dosis pequeñas, según las necesidades del artículo.

Los conocimientos del buen columnista deben ser como una vasta bodega de buen vino… Invitan al lector a sorber y paladear en cantidad suficiente para apreciar la calidad de los vinos disponibles, pero nunca obligan al invitado a beber más de una copa en cada ocasión, de modo que las visitas a la bodega conserven su frescura y placer. Asimismo, ningún lector debería irse sin algún conocimiento hospitalario, por ínfimo que sea. Me siento estafado si termino una columna sin haber adquirido algún tesoro útil, interesante o inusitado, algo que no sabía y me satisface saber.

El conocimiento histórico es sumamente útil para el columnista que escribe sobre muchos temas. Es preciso fundirlo imperceptiblemente con las evocaciones personales del pasado reciente. 

II. – Después del conocimiento están las lecturas. Todo buen columnista lleva “una biblioteca en la cabeza”, pero una columna no debe ser libresca, ni siquiera una columna  literaria, pues eso es fatal para el esencial toque mundano

En una columna, la mejor referencia literaria es la que insta al lector a comprar el libro de inmediato. Debe ser pertinente e interesante, y estar insertada con naturalidad.

La segunda función de las vastas lecturas es producir ideas. Soy un gran explorador de estantes, un asiduo expedicionario. Hojeo un libro, leo un par de páginas y lo devuelvo a su lugar. Lo hago en librerías y bibliotecas, y entre mis propios anaqueles…No afirmo haber leído todos, ni siquiera la mayoría de los libros que poseo. Pero los he mirado todos, sé qué contienen. Todos tienen un uso y placer potencial.

La ventaja de tener tantos libros sobre todos los temas que me interesan -principalmente sobre historia, literatura, el mundo, viajes, filosofía, política y religión- es que siempre están disponibles el día en que los necesito, es decir, el día en que vence un plazo de entrega y aún no he encontrado un tema para una columna miro los estantes en busca de inspiración. Es un procedimiento peligroso, pues puedo escoger un volumen, enfrascarme en él, y al final descubrir, cuando miro el reloj, que no es de mi conveniencia y han volado horas preciosas. Por otra parte, ha salvado muchas veces mi pellejo periodístico.

III. – La tercera clave del arte del columnista es el instinto para las noticias. Un columnista puede ser historiador, como es mi caso, dramaturgo como Keith Waterhouse o novelista como Robert Harris. Pero nunca debe olvidar que para este propósito es ante todo periodista

Debe tener buen olfato para la noticia, y husmearla inquisitivamente antes de ponerse manos a la obra. La mente del lector busca siempre la novedad. La mejor columna es la que responde a la novedad, la vincula con el pasado, la proyecta al futuro y expone el tema con ingenio, sabiduría y elegancia.

En ocasiones es buena táctica tomar el tema de la última semana y verlo de forma inversa, pero sólo si tenemos una perspectiva válida y perspicaz que sea contraria a las opiniones convencionales.

Mi método consiste en redactar tres de cada cuatro columnas usando temas que han despertado interés. En la cuarta me complazco a mí mismo, y escribo sobre lo que creo que importa, al margen de lo que figure en los periódicos.

Estas columnas personales son la prueba real del oficio. Exige toda nuestra destreza literaria y la certeza de saber que podemos llevar a nuestros lectores hasta el final del último párrafo. Si no tenemos esa certeza, es mejor emprender una rápida retirada y adherirse a los temas convencionales.  Las piezas personales se deben sazonar con modestia; deben ser humildes, o al menos irónicas en cuanto a nuestras veleidades. En la batalla de la vida, el buen columnista es un perdedor nato, aunque eternamente optimista.

Publicó en el Evening Standard, -entre otros medios locales-; políticamente pasó del laborismo a defender a Margaret Thatcher

IV.- El cuarto punto que se debe tener en cuenta es la necesidad de variedad. La mayoría de las columnas no deben estar muy alejadas de los acontecimientos cotidianos, sean políticas, sociales o culturales. Trato de no escribir mucho sobre política interna, o geopolítica dos semanas seguidas, a menos que la noticia no me deje opción. Y si hay una gran noticia política que captura la atención de todos los columnistas, consulto con el director para saber cómo la está manejando. Si su cobertura es amplia, con frecuencia opto por eludir el tema y escribir sobre algo totalmente distinto, incluso ligero, siempre que él me lo permita. O quizá me disuada de hacerlo…

Debemos recordar que para ellos (los lectores) lo más fácil del mundo es dejar de leer el artículo después del primer párrafo, o por la mitad, o en cualquier etapa. Ni siquiera necesitan tomar una decisión consciente. El ojo se les va de la página, o dejan de leer porque suena el teléfono, y nunca la retoman. Y si no terminan nuestra columna una semana, quizá no la empiecen la siguiente. El columnista es el suplicante, el lector la amada altanera. Debemos cortejarlo en cada párrafo, cada oración y cada palabra y -he aquí lo más difícil- no aparentar nunca que lo hacemos. Se trata de amar sin que se note nuestro afán de ser correspondidos.

Nunca usemos frases como «Le pregunté al primer ministro» o «Un miembro del gabinete me comentó». La personalidad del columnista debe estar presente pero no debe irrumpir abiertamente en el texto. Un buen columnista es un submarino que acecha bajo la superficie de su prosa, el periscopio en alto, pero invisible.

Al mismo tiempo, seamos nosotros mismos. Una columna impersonal es una contradicción. La gente que paga por los periódicos y revistas quiere tener una relación personal con los columnistas, en general de amor y odio, con paréntesis de rezongos, exasperación y violencia. He visto cómo el mismo Rupert Murdock tomaba un ejemplar de uno de sus periódicos, el Sunday Times -mi ejemplar, para colmo-, lo miraba con airado rechazo, lo estrujaba y lo arrojaba al fuego. Esta relación emocional entre el periódico y el lector alcanza su punto más intenso cuando el columnista está en el punto de mira. Si uno escribe una columna, está en primera línea, a tiro de piedra de las trincheras del lector. Pongamos nuestro casco en una vara y agitémoslo, hagámosle saber que estamos allí.

V.- La vida es triste para la mayoría de la gente, sin duda también para el columnista. Pero, como en Pagliacci,se trata de no mostrarlo y continuar con el espectáculo.

Usemos la columna para criticar a los notables, enderezar entuertos, atacar gobiernos y humillar a los arrogantes. Pero de vez en cuando señalemos que vivimos en un mundo infinitamente bello donde abundan la gente fascinante, los hechos alentadores y las risas, y que Dios está en Su cielo.


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