Los “dos Alan García”, el izquierdista y el liberal, murieron asechados por la misma sombra.

Alan Gabriel Ludwig García Pérez, quien se suicidó ayer pegándose un tiro en la cabeza, gobernó una década el Perú en dos etapas muy distintas (1985-90) y (2006-11) presentando como curiosidad haber ejercido la presidencia -el par de oportunidades que le tocó ocupar el sillón principal del Palacio Pizarro- desde posiciones políticas antagónicas.

Aunque se trate de una simplificación extrema, fue como un kirchnerista devenido en menemista (no por casualidad muchos analistas equipararon al APRA con el peronismo), o alguien que en una década y media pasó de defender la bandera de la izquierda nacional a la del libre mercado.

Surgido del APRA, su líder legendario Víctor Haya de la Torre (con fuerte prédica anti imperialista, perseguido por las dictaduras militares) prohijó a Alan García como uno de sus principales discípulos.

Durante su primer mandato, García -con solo 36 años- fue un exponente del discurso anti yanki; al punto que cualquier argentino que vivió aquella época recuerda la consigna de la juventud peronista durante la presidencia de Raúl Alfonsín: “Patria querida, dame un presidente como Alan García”.

En esa gestión, el Caballo Loco (como se lo apodaba por su desbordante vehemencia) aplicó medidas extremas (tras una campaña con el lema de bajar la pobreza): Cese del pago de la deuda externa, altos impuestos, inflación y nacionalización de la banca.

Esa experiencia terminó en una catástrofe económica, con hiperinflación, a lo que se sumó el auge del terrorismo encarnado en Sendero Luminoso. Contra esa situación reaccionó Mario Vargas Llosa cargándose al hombro una campaña electoral en la que en 1990 se impuso en primera vuelta, pero cayó en el ballottage frente a Alberto Fujimori.

En esa disputa final, este último recibió el respaldo de Alan García, un poco como revancha contra MVLl.

Sin embargo, cuando Fujimori dos años después impone el “autogolpe” lanza una ofensiva contra García, buscando su detención con acusaciones (por manejo sospechosos de fondos) que se habían paralizado en el Congreso. Entonces, el líder aprista escapó hacia Colombia en una fuga argumentando razones políticas y recordando que ese mismo país había sido elegido por Haya de la Torre como exilio.

Definido como un “Maquiavelo” de la política, justamente Alan García escribió un libro titulado “El Mundo de Maquiavelo” donde cuenta como huyó y se atribuye ser un perseguido por Fujimori -y Vladimiro Montesinos, jefe del servicio secreto-, además de tildar al mismo Fujimori de ser un dictador de derecha, pero a la vez, empieza una tenue autocrítica sobre su primer gobierno.

Más adelante, esa revisión sobre la década del 80 se irá profundizando; todavía volcado al centro izquierda, pierde por estrecho margen ante Alejando Toledo; hasta que en la elección siguiente en 2006 -pidiéndole a los peruanos una segunda oportunidad- se impone desde una postura liberal exponiéndose como contracara del chavismo inicial de Ollanta Humala; a tal punto que le valió el apoyo de Mario Vargas Llosa quien elogió la metamorfósis de García.

ENERO 31 DEL 2008 EL ESCRITOR, MARIO VARGAS LLOSA. VISITA AL PRESIDENTE ALAN GARCIA EN EL PALACIO DE GOBIERNO. FOTO: JUAN PONCE/EL COMERCIO

En esta etapa, Alan García hace una gestión pro-mercado de alianza comercial con Estados Unidos, desregulaciones; y el país incaico comenzará un recorrido macro económico virtuoso de crecimiento, aunque algunos indicadores de desigualdad le haría perder popularidad entre las clases bajas.

La metamorfosis:

Es por episodios de esta “segunda etapa”, por la que García termina bajo el ojo de la justicia. Aparece con toda intensidad el fantasma Odebretch, en cuya investigación se registran testimonios sobre sobornos en la adjudicación de una línea de subterráneos de Lima (una conferencia que dio AG en San Pablo por elevados honorarios habría sido una pantalla), así como reuniones de dos de sus manos derechas en el último gobierno por el que supuestamente se habrían derivado fabulosas suma de dinero en favor del presidente.

Alan García negó siempre las acusaciones, replicando a quienes lo comparan con sus pares, aseverando que “No todos los políticos se venden” y que para que iba a llevarse esa plata al cajón.

Empero, se refugió el año pasado en la embajada uruguaya, buscando asilo que el presidente Tabaré Vàzquez negó, así como le ocurrió con Costa Rica.

Haciendo eje en la animadversación de la justicia en su contra; en sus última declaraciones hizo una curiosa apelación a la historia denotando su acercamiento a la religión (“Creo en la vida después de la muerte y confío en tener un pequeño lugar en la historia del Perú”), y apura el fin de la conversación para ir a dar clases.

Alegato final a la historia:

Políticamente, su última postulación le dio un nivel bajísimo de popularidad. Su estrella se había apagado, su condición de “animal político” no se rendía.

Polémica en el corazón de la democracia

El final de Alan García, expresa en todo su dramatismo una corriente que hace dos años recorre toda Latinoamérica, con decibeles explosivos en Perú y en Brasil: La judicialización de la política, con epicentro en los fabulosos contratos de obra pública, y que alcanzó su pico a partir del destape del Lava Jato y la explosión del caso Odebrecht.

A la vez que existe una necesidad ciudadana de castigar la corrupción, hay analistas que ponen la lupa sobre la forma en que están tomando estos procesos de mani pulite con varias circunstancias preocupantes como son la utilización de decisiones judiciales que terminan determinando la política, y en aspectos procesales como abusos de la prisión preventiva, con un notorio vedetismo de algunos jueces.

En el caso peruano fueron procesados cinco ex presidentes además de García, Alberto Fujimori (preso muchos años, aunque no solo por corrupción), Alejandro Toledo (prófugo en EE.UU), Ollanta Humala (estuvo detenido) y recientemente Pedro Pablo Kuczynski (PPK); en el caso de Brasil terminó en la salida de Dilma Rousseff y en la prisión de Lula.

Estos combates que algunos poderes judiciales dan contra la corrupción, no parecen -como algunas voces sostuvieron- parte de un libreto para frenar los populismos, ya que como vemos no reparan en ideologías; pero si no se actúa con cuidado y apego a la ley pueda asomar la desestabilización y el derrumbe de toda credibilidad política.

Hay casos como el de PPK que parecen generar dudas, otros no tanto; pero el sistema democrático se mueve en un hilo delicado, con efectos desagradables como es que Sergio Moro sea ministro de Jair Bolsonaro.

El tiro que se infligió Alan García, dispara más de un interrogante.

C.R

Su vida política en fotos:

Alan García con diversos presidentes en diferentes etapas de su carrera política



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