Una aproximación a El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, obra muy citada y poco leída. Reflexiones sobre el arte de gobernar y la fortuna.
El último enero, en el Foro de Davos, el presidente argentino Javier Milei proclamó: «Maquiavelo, ha muerto» frase que se interpretó como que la moral habría empapado a la política, contrariando al pensador florentino que había sostenido que se trataba (la moral y la política) de dos campos separados.
Sin embargo, tanto si se trata de conocer las herramientas para ser eficaz en política, como los elementos necesarios para un buen gobierno El Principe de Nicolás Maquiavelo está más vigente que nunca (por ello Santiago Caputo se habrá sonrojado al escuchar la referida afirmación de Milei, aún cuando el mismo asesor haya planificado el discurso). En realidad, varios de los elementos señalados por NM (la elección táctica del enemigo, el infundir temor más que empatía, etc) son utilizadas constantemente en tiempos de extrema polarización.
Es sabido que la obra mencionada, escrita en tiempo de los Borgia (en 1513 y dedicada a Lorenzo el Magnífico) describe dos tipos de Principados (heredados y nuevos) tomando como base la realidad o sea «lo que es» de acuerdo a las observaciones del autor; mientras en una obra posterior «Discurso sobre la Primera Década de Tito Livio», Maquiavelo tratará sobre la República como forma de gobierno, lo que «debería ser».
El Principe es un breve texto de contenido vertiginoso y atrapante, más aun en la edición que cuenta con las observaciones de Napoléón Bonaparte, el emperador hijo de la Revolución Francesa y que a la vez la clausuró.
La concepción de la naturaleza humana, según NM, es que los seres humanos son por lo general oportunistas, volubles, centrados en sus intereses personales, muchas veces mezquinos, a veces traicioneros y tienen cierta malicia.
A gente de tal especie le corresponde gobernar al Príncipe quien deberá cumplir ciertas reglas para retener el poder, elegir a sus colaboradores; prepararse para cuando la fortuna no esté de su lado, y para cuando lo esté también. Ya lo veremos.
Obviamente uno puede acordar con algunas de las afirmaciones de una de las dos obras más importantes de Nicolás Maquiavelo y disentir con otras, incluso sobre muchos de sus párrafos pueden hacerse diversas lecturas. Para un analista político o asesor es un obra fundamental.

¿El fin justifica los medios?
En cuanto a la famosa frase el fin justifica los medios, Maquiavelo no la utiliza de manera textual, lo que dice es que si el resultado de una acción -o una política- es exitosa,, el pueblo dirá que los medios fueron buenos. Es decir, que el medio depende del resultado.
En sus propias palabras, aconseja NM: «Dedíquese, pues, el príncipe a superar siempre las dificultades y a conservar el Estado. Si logra con acierto su fin, se tendrán por honrosos los medios, pues el vulgo se paga únicamente de exterioridades y se deja seducir por el éxito”.
Caustico, en la nota a ese párrafo, Napoleón Bonaparte irá más allá: “Triunfad siempre, aún con el peor medio, y os darán siempre la razón”.
En una página cercana, NM explora aquel dilema sobre si para el Principe es mejor ser amado o temido, y concluye con una sentencia ácida, aún tomada de manera metafórica:
“Su obligación (del principe) es proceder moderadamente, con prudencia y aún con humanidad -sin que mucha confianza le haga desprevenido y mucha desconfianza le convierta en un hombre insufrible-. Y aquí se presenta la cuestión de saber si vale más ser temido que amado. Respondo que convendría ser una y otra cosa, pero que, dada la dificultad del juego simultáneo, el partido más seguro es ser temido antes que amado… Hablando in genere, puede decirse que los hombres son ingratos, volubles, simuladores, huidores de peligros y ansiosos de ganancias. Mientras les hacemos bien y necesitan de nosotros nos ofrecen la sangre, caudales, vida… pero se rebelan cuando ya no les somos útiles… Los hombres se atreven más a ofender al que se hace amar que al que se hace temer…No obstante, el príncipe que se hace temer, sin al mismo tiempo hacerse amar, debe evitar que lo aborrezcan cosa que logrará con solo abstenerse de poner mano en la hacienda de soldados y súbditos…Los hombres olvidan más pronto la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio». «Es la economía, estúpido» le haría decir un asesor al ex presidente norteamericano Bill Clinton, siglos después.
Sobre esta última estrofa, Napoleón anota: «Observación profunda que había escapado a mi penetración».

Asimismo, NM considera entre las virtudes del príncipe:
–Saber elegir al enemigo: Maquiavelo dixit «Piensan muchos que un príncipe sabio debe siempre procurarse con arte algún enemigo, para que atacándole y reprimiendole provenga un aumento de su propia grandeza», «Si viviera Maquiavelo se alegraría de la utilidad que saqué de este consejo», apunta Napoleón.
– No ser siempre fiel a las promesas: Cuando un príncipe dotado de prudencia advierte que la fidelidad a las promesas redunda en su perjuicio -y del pueblo- y que los motivos que lo llevaron a hacerlas no existen ya, no puede ni siquiera debe guardarlas, a no ser que consienta en perderse. Y observese que si todos los hombres fuesen buenos este principio sería detestable… Nunca faltan razones legítimas a un príncipe para cohonestar la inobservancia de su promesas, inobservancia autorizada en algún modo por la infinidad de ejemplos demostrativos de que han concluido muchos felices tratados de paz y se han anulado muchos empeños funestos por la sola infidelidad de los príncipes a su palabra (Acota Napoleón: «Por mucho escándalo que esto produzca, a la larga redunda en bien de los gobernados»).
–Estar cerca de la gente y ver las cosas con perspectiva expresa NM en dos asertos «Un príncipe que le teme más a su pueblo que a los extranjeros es quien necesita construir más murallas» y «unicamente desde el fondo de los valles pueden verse las montañas en toda su extensión».
–La ayuda de mercenarios es siempre riesgosa, pues el príncipe nunca estará seguro.
El león y el zorro: En una apreciación polémica, el autor comentado afirma: «El gobernante eficaz debe combinar la fuerza del león (el león asusta a los lobos, pero cae en las trampas) y la astucia del zorro, el zorro reconoce las trampas pero no se defiende de los lobos).
–Límites de la ayuda: El príncipe que ayuda a otro a hacerse poderoso provoca su propia ruina… Evitar la neutralidad, pero si un príncipe apoya a otro no debe hacerlo con quien es más fuerte que él.
–Ministros y colaboradores: NM desliza que es conveniente para el príncipe hacerle sentir a los ministros que sus funciones empiezan y terminan lo que dura el principado. En todo gabinete y cuerpo de asesores hay funcionarios que están atados al gobernante, no tienen vuelo propio, pero aportan el valor de la confianza. Aquí aparece un dilema y es que muchas veces se privilegia la lealtad por sobre la capacidad de la que a veces a un presidente le conviene nutrirse a riesgo que le hagan algo de sombra lo cual genera tensión (tenemos en Argentina los casos de Menem- Cavallo, o Kirchner -Lavagna como ejemplos).
–Como huir de los aduladores punto relacionado con el anterior y sobre el cual Maquiavelo apunta que «el príncipe solo debe escoger a algunos sujetos sabios a los cuales únicamente se les otorgue licencia para decirle la verdad exclusivamente sobre la cosa que se pregunta, pero debe oír pacientemente la verdad. Y resalta la importancia de una virtud aristotélica: «Un príncipe que no es prudente no puede aconsejarse bien».
Napoleón acota: «A mi no me dan consejos antes de haber adivinado mi opinión, y pulsado mi estado de ánimo».
–Virtudes del buen gobernante: Maquiavelo se da un espacio en El Príncipe para resaltar las virtudes del buen gobernante: «Constancia, decisión, valentía, perspicacia». Y añade: «Debe ser amigo generoso de los talentosos y honrar a los gobernados que sobresalen en cualquier arte». En definitiva -acota- el príncipe debe tener buenas armas (Maquiavelo escribió en tiempos turbulentos de disputas por reinos), mas sobre todo buenas leyes, buenos ejemplos y buenos amigos.
Quizá una de las principales enseñanzas de Maquiavelo -en materia de buen gobierno- es que el mandatario tiene que cumplir con la condición de adaptarse a las circunstancias y a los tiempos. O sea, si las condiciones cambian, el líder tiene que acompañar esas mutaciones. Claro que como sostiene el politólogo Rosendo Fraga los políticos pueden cambiar en muchas cosas, pero casi nunca de personalidad.
Pues esa sería una de las claves, el gobernante debería tener la capacidad de, sin perder la esencia, reperfilar su personalidad pública a los diversas etapas que atraviesa su gestión.
Es que así como existen los ciclos económicos, hay ciclos políticos a los que el gobernante deberá adaptarse para preservar el poder.
–La danza de la fortuna
Y relacionado con el quid anterior, de acuerdo a NM, solo al gobernante que «sabe cambiar de naturaleza con las circunstancias y con los tiempos no se la mostraría tornadiza la fortuna».
En tal sentido, Maquiavelo recomienda al gobernante estar preparado para cuando la diosa fortuna llegue (cosa que no sea solo suerte) tomando recaudos para cuando en cambio la misma sea adversa. «La fortuna no ostenta su dominación más que cuando encuentra un alma y una virtud preparadas», espeta el autor de El Príncipe.
Agrega Napoleón sobre este ítem: El variar según las circunstancias o los tiempos sin perder el propio vigor es lo más difícil en el mundo.
«La fortuna -afirma Maquiavelo en El Príncipe- no es más que el árbitro que la mitad de nuestras acciones” Y pone como ejemplo el caso de una fatalidad, una inundación: No ocurre lo mismo si el príncipe cuando el tiempo está en calma toma precauciones construyendo diques y esclusas que si actuó desprevenido; y viceversa: cuando la suerte acompaña al gobernante, la otra mitad es que esté preparado para aprovecharla.
Sobre el punto, sostiene Napoleón: «Con energía y actividad ayudadas por el ingenio, es posible dominar la más adversa fortuna.»
Dos sentencias en latín podrían condensar el pensamiento de Maquiavelo sobre la fortuna, en una especie de mandato no solo para el político, sino que se podría extender a las personas en cualquier rol que ocupe: Audentes Fortuna iuvat (la fortuna favorece a los audaces) y Fortuna te paratum inveniat cum advenerit (que la fortuna te encuentre preparado para cuando llegue).
